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Nota de prensa

El élder L. Tom Perry:  Un hombre común y corriente con un llamamiento extraordinario
 

Una de las máximas autoridades de la Iglesia a nivel mundial

Había dos cosas que de inmediato llamaban la atención a cualquier persona que conociera al élder L. Tom Perry, de 92 años de edad, por primera vez: su impresionante altura y su amable sonrisa.

Uno llegaba a comprender rápidamente que el trabajo arduo y un gran entusiasmo por servir a los demás eran las características distintivas de la vida de este apóstol de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, una religión mundial con más de quince millones de miembros.

“Soy solo un hombre común y corriente con el llamamiento extraordinario de tender una mano a las personas y dar testimonio del Salvador”, dijo el élder Perry. Al hablar acerca de lo humilde que su padre era, su hijo, Lee Perry, dijo que una de las frases favoritas del élder Perry, a pesar de todo lo que había logrado en la vida, era: “Soy tan común y corriente como el polvo”.

El élder Perry era uno de los doce miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles que ayudan a dirigir La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. La Iglesia refleja la organización de la antigua iglesia de Cristo, con profetas y apóstoles.

El élder Perry sirvió en ese cuórum desde el 6 de abril de 1974.

El élder Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles, recuerda la calidez del élder Perry hacia los demás miembros del cuórum. “Él se preocupaba mucho por los miembros más nuevos de los Doce”, dijo el élder Cook. Cinco de nosotros somos un poco más jóvenes que algunos de los demás, y él, en forma de broma, a veces se refería a nosotros como “los chicos”, pero era obvio que nos respetaba plenamente como miembros del Cuórum de los Doce. Fue un mentor; nos animaba”.

Su compromiso de prestar servicio fue evidente desde muy joven. El élder Perry se crió en Cache Valley, Utah, en una familia de seis hijos. Al igual que muchos jóvenes, tenía un trabajo repartiendo periódicos por la mañana, y no dejaba que nada le impidiera asegurarse de que cada casa en su ruta de reparto recibiera el periódico; ni siquiera una tormenta de nieve o medio metro de nieve acumulada. Esas fueron las circunstancias una fría mañana en la que un decidido Tom Perry pasó una hora caminando por la nieve que le cubría hasta las rodillas para repartir un periódico a una casa casi a un kilómetro de la carretera.

Ese tipo de dedicación inquebrantable fue el cimiento que sirvió de base para el carácter del élder Perry. Después de regresar de una misión de dos años para la Iglesia, en el norte de los Estados Unidos, inmediatamente se inscribió para prestar servicio en la infantería de Marina durante la Segunda Guerra Mundial. Estuvo entre los primeros infantes de marina que entraron en Japón tras firmarse el tratado de paz al finalizar guerra. Él describió la devastación en Nagasaki como una de las experiencias más tristes de su vida. La pérdida de vidas y la falta de alimentos hizo que muchos niños japoneses quedaran solos y tuvieran que valerse por sí mismos.

“Sacábamos a pequeños del los botes de basura todas las noches. Revolvían los botes en busca de comida. Intentaban escaparse, pero los prendíamos, les dábamos una buena comida y los ayudábamos a encontrar donde vivir”, dijo el élder Perry. Poco después, el élder Perry y sus compañeros ayudaron a organizar un orfanato con las hermanas de la Iglesia Católica para cuidar a esos niños.

Pero su servicio no acabó allí. El élder Perry no hablaba japonés, pero sabía usar un martillo y revocar paredes; así que, utilizando su determinación y entusiasmo natural, él y un grupo de soldados, reconstruyeron capillas cristianas durante su tiempo libre. En particular, recuerda haber reparado una capilla protestante y logrado que el ministro volviera a su congregación.

“Tuve la oportunidad de ser el primer orador cuando la congregación se volvió a reunir, y los animé a que siguieran a su ministro”.

Cuando llegó el momento de que los soldados se fueran de Nagasaki, alrededor de doscientos miembros de esa congregación se alinearon a lo largo de la vía férrea y cantaron “Con valor marchemos” y, al pasar el tren, tocaban las manos del élder Perry y sus compañeros en señal de gratitud.

Al igual que muchos soldados estadounidenses, el élder Perry volvió de la guerra y se casó, crió una familia y comenzó a ganarse la vida. Se casó con Virginia Lee el 18 de julio de 1947 y tuvieron tres hijos. Obtuvo una licenciatura en finanzas en el Utah State Agricultural College y pensó que quería llegar a ser banquero. Sin embargo, ciertas oportunidades lo condujeron hacia la industria de la venta por menor, donde se destacó en numerosos cargos de liderazgo. Su carrera se caracterizó por la misma actitud positiva y dedicación que demostró hacia su fe, las cuales se habían arraigado en él al caminar por la profunda nieve cuando era un joven repartidor de periódicos.

William T. French, Presidente del consejo de administración de la cadena de tiendas First National Stores, hizo la siguiente observación de su empleado: “Yo diría que la diferencia entre Tom Perry y cualquier otra persona con quien nos asociábamos era la entusiasta y continua demostración de su fe cristiana. Él siempre era consciente de que los problemas del presente no tenían mucha importancia en el gran plan de las cosas al esforzarse con alegría y energía por resolverlos”.

El élder Perry se dedicó con el mismo entusiasmo a sus pasatiempos. Al mencionar el tema de los deportes, el élder Perry mostraba una amplia sonrisa y se le iluminaban los ojos.

“Él participaba en todo con tanto entusiasmo que era realmente contagioso, y ese era el tipo de ejemplo que siempre daba a… todos los miembros de nuestra familia”, dijo Lee Perry.

Aunque decía que no era muy buen atleta, eso no disminuyó su amor por todos los deportes. Dijo que cuando estaba en el banco de suplentes durante los partidos en su carrera como jugador de voleibol, aprovechó el tiempo para afinar su talento. “Yo tenía más entusiasmo que ningún otro en el equipo; podía entusiasmar a los jugadores y al público aun sentado en el banquillo”.

El élder Perry trasladó a su familia a Boston en 1966 y se encontró en medio de lo que él llamó el “apogeo” de los deportes en aquella ciudad. Siguió muy de cerca a los “Red Sox” en su campaña para ganar las Series Mundiales de béisbol, a Bill Russell y los “Celtics” de baloncesto, y a Bobby Orr y los “Bruins” de hockey sobre hielo. Fue un entusiasta durante toda su vida, tal es así que, en 2004, después de ser invitado a dar el lanzamiento de honor en un partido de los “Red Sox”, empezó a practicar cómo lanzar. “Es una emoción que pensé que nunca tendría”, dijo.

La primera esposa del élder Perry, Virginia, falleció en diciembre de 1974, justo después de ser llamado a prestar servicio en el Cuórum de los Doce Apóstoles. En 1976, se casó con Barbara Dayton. 

El élder Perry estuvo en muchos lugares del mundo durante su vida y disfrutó mucho de conocer a personas de todas las naciones, circunstancias y religiones como parte de su llamamiento apostólico. Mantuvo una agenda rigurosa porque, como él dijo: “Lo que más me encanta es estar con la gente. Prefiero estrechar la mano de la gente que dar sermones”.

Cuando en una ocasión le preguntaron qué mensaje en particular le daría a los demás, él dijo: “Permanezcan firmes en los principios que nos enseñó nuestro Señor y Salvador. No transijan en Sus principios; no crean que son lo suficientemente inteligentes como para modificar Su ley y Su guía, ya que nunca funcionará. Unos seis mil años han demostrado el hecho de que cada vez que la gente se desvía de Sus caminos, los que Él nos ha enseñado desde el principio, afrontan dolor, decepción, desaliento y no encuentran gozo en la vida”.

Lee, el hijo del élder Perry, contempla la vida de su padre como una vida vivida con verdadera intención. Tal vez es por eso que el apóstol que se describió a sí mismo como “común y corriente” era realmente “extraordinario”, dijo Lee.

“Siempre me llamó la atención que mi padre nunca invitara a una congregación a hacer algo que él mismo no hiciera. Para mí, ese es un testimonio de profunda integridad. Es muy fácil enseñar y explicar principios correctos, pero el hecho de vivir los mandamientos es lo que, en esencia, convence. La verdadera disciplina, la verdadera medida del carácter de un hombre, se ve cuando pone en práctica esos principios al mismo nivel en que los predica. De lo que pude observar, eso fue lo que hizo mi padre”.

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